Dune: el único fracaso de Lynch

Un repaso a Dune de 1984, a días del estreno de una nueva adaptación de la novela de Frank Herbert.

A mediados de los setenta, el director Alejandro Jodorowsky se impuso la tarea de crear “la mejor película de la historia”, una adaptación de una novela de ciencia ficción muy densa en mitología y de interpretaciones filosóficas. Una cinta donde participarían nombres como Salvador Dalí, Pink Floyd, Mick Jagger, Orson Welles y su propio hijo. La adaptación de la primera novela de la saga Dune de Frank Herbert.

Este ambicioso sueño fue fácil de imaginar pero un poco más difícil de financiar, y terminó desvaneciéndose. Toda esta historia la podemos ver muy bien sintetizada en el documental Jodorowsky’s Dune (2014), de Frank Pavich. Sin embargo, esa no es la versión de Dune que venimos a repasar hoy.

David Lynch es reconocido entre muchas razones, por abstenerse a hablar de sus obras y responder a la prensa con monosílabos. Sin embargo, gracias a la compilación de entrevistas Lynch por Lynch (2005) editada por Chris Rodley, en donde hay un capítulo dedicado a cada largometraje, podemos tener un panorama más o menos completo del único trabajo del que no está orgulloso.

Un joven Lynch quien tenía una ópera prima con recepción dividida, Eraserhead (1977), y una muy aclamada cinta que aún podía ser considerada un golpe de suerte, El hombre Elefante (1980); se encontraba agitado por su próximo gran proyecto, Terciopelo Azul, cuando recibió la oferta de un tal George Lucas para dirigir la tercera película de La Guerra de las Galaxias, pero a él nunca le había llamado la atención la ciencia ficción, no cuando no estaba combinada con otros géneros; además sabía que era un proyecto muy íntimo de George, y respetaba demasiado la visión de un creador, por lo que rechazó la oferta. Aquel evento sería una irónica premonición de lo que sucedería a continuación.

Recibió la llamada del productor Dino De Laurentiis, quien había sido cautivado por El Hombre Elefante; y con un cheque en blanco en una mano y la novela de Herbert en la otra, convenció a Lynch de leerla y realizar la versión cinematográfica.

Como respuesta, el director le propuso al productor el concepto de olas de arena moviéndose como agua, símbolos, cambios de forma, hilos que se conectan; cerraron el trato, pero después de notar el disgusto de De Laurentiis al ver Eraserhead, sabía que tenía que controlarse.

En sus reuniones con Herbert, se concentraban en cada frase de la novela, tomando nota de una variedad de contradicciones y exceso de información. Se hizo muy difícil encontrar una historia. Las ideas surgieron de Frank, y David las interpretó. El guion pasó por muchos filtros. Había elementos que Frank deseaba mantener por razones estéticas, pero la historia debía reducirse al mínimo posible. Lynch comenta que se ganaron y perdieron batallas pero con la ayuda de Dino, pudieron concretar un guion de 135 páginas.

Fue con el rodaje cuando los problemas comenzaron a hacerse tangibles. Lynch menciona que lo más difícil fue serle fiel a la obra completa. Al estar llena de acción y niveles de interpretación, debía condensar la historia sin perder su esencia, por lo que dejó llevarse por el sentido común.

Y si el rodaje significó problemas, la postproducción terminó de atropellar a Lynch, pues él jamás se sintió cómodo en la sala de edición especialmente, mientras más tiempo se quedaba, más problemas se hacían notar, y no había vuelta atrás.

Presentó un corte de director de hasta cinco horas y quince minutos, aún sin ser una versión final. Hubo recortes forzados que se veían venir, pero lo que más le acabó doliendo fueron los cambios. Lynch menciona que el 40 por ciento de las voces en off fueron añadidas para aclarar información que el espectador podría no comprender.

“Me obligaron a reducir la película para que durara dos horas y diecisiete minutos –la duración máxima en ese momento-, tuve que eliminar muchísimo. Y el resto tuvo que entrar en un compactador de basura para que se pudiera comprimir. Se reemplazaron escenas enteras con un solo parlamento y, como si eso fuera poco, lo pronunciaba una voz en off. No es así como se deben hacer las cosas.”

A pesar de recibir buenos comentarios por la fotografía y efectos especiales, y con el tiempo ganar un estatus de culto, la película se estrenó en 1984 como un fracaso en taquilla y crítica. Pero Lynch ya se sentía hundido y derrotado antes del lanzamiento.

Vale mencionar que Jodorowsky entró aterrado y dubitativo a las salas, pues admiraba y respetaba el trabajo de Lynch. Sin embargo salió celebrando que la cinta fuera un fracaso, pues su sueño no había sido robado ni superado. Pero incluso él tuvo la certeza que esa película no era de Lynch, sino de un grupo de productores.

En cuanto a David, menciona que a pesar de todo, ama a De Laurentis y a su hija Rafaella como si fueran familia. No los culpa y acepta las consecuencias. Pero aprendió que dejó que lo influyeran demasiado.

“Podría haber destruido por completo mi confianza y felicidad (…) Pero gracias a El Hombre Elefante no me podían descartar del todo.”

Cuando Lynch había firmado con Dino, pactaron tres películas de Dune, y él ya tenía la mitad del segundo guion trabajado, y además éste si le gustaba. Pero con la desafortunada experiencia que culminó de tres años de rodaje, tuvo que retornar al camino que había dejado a medias.

Hay algunas similitudes a reflexionar entre las experiencias de Alejandro Jodorowsky y David Lynch. Ninguno de los dos había leído la novela antes de aceptarla. Ambos son conocidos por su arte experimental, aunque tienen una metodología, filosofía, experiencia y visiones muy distantes.

Pero entre el sueño frustrado de Jodorowsky y el proyecto fracasado de Lynch, hay un contraste muy marcado por la condenada llamada libertad creativa. Uno tuvo tanta que terminó ahogándose en ella, y el otro fue despojado de ella convirtiéndose en el primer detractor de su propia cinta. La visión artística contra el presupuesto millonario afectó a ambos, sólo que uno pudo escapar y para otro ya era demasiado tarde.

Alejandro Jodorowsky

Jodorowsky tenía el ego y la ambición ganados por el éxito de La montaña Sagrada (1973), y su plan era dar a la gente las alucinaciones del LSD sin necesidad de consumirlo. Guardó sus conceptos y con el pasar de los años los fue reciclando con orgullo en otras obras. En cambio Lynch considera que la película dista lo suficiente de su visión personal para considerarla suya.

Para Lynch fue más un intento de crecer como artista. Antes de ser cineasta, escritor y músico, Lynch fue pintor. Toda su vena artística parte de los detalles y arreglos, y es algo que se ve reflejado en Dune. Es consciente de la poesía en el libro de Herbert. Menciona que una serie como Twin Peaks le hubiera hecho justicia, pero él apenas podía incluir una gota antes que Dino interviniera. En su opinión, lo poco que caracteriza a “su versión” de Dune, es su protagonista, su versión de Paul Astreides.

Ante una de las sagas más conflictivas de sacar del formato impreso, las expectativas generadas tanto por el fracaso de Lynch como por el documental sobre Jodorowsky, son sin duda la mejor publicidad posible para la nueva película de Denis Villeneuve. Un elenco con los nombres de moda de Hollywood, un presupuesto de 165 millones, una banda sonora por Zimmer, la tecnología más avanzada y uno de los directores de ciencia ficción contemporánea mejor recibidos, esta nueva versión tiene todas las miradas de los fanáticos de la franquicia, pero también todo el peso de sus tristemente célebres predecesoras.

Pero al final, hay que apreciar que Dune sí tuvo un par de impactos positivos en la carrera de Lynch. Primero, la decisión de nunca más renunciar a su voto en el montaje final. Esta promesa fue crucial para que todos y cada uno de sus proyectos futuros fueran éxitos instantáneos, apreciados tanto por la crítica como por el público en general. En segundo lugar, su relación con el actor Kyle MacLachlan, a quien estaría atado en la mayoría de sus cintas en adelante, comenzando por protagonizar Terciopelo Azul (1986), la cinta que devolvería la credibilidad al director y lo establecería como uno de los cineastas de autor americanos más carismáticos de la historia.

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