Un chiste

El siguiente texto fue escrito originalmente en inglés y es una práctica realizada para un taller de escritura creativa.


Cuando era niño tenía un amigo imaginario. Un mono parlante llamado Pogo que aparecía cada que tenía miedo, me contaba chistes, o sólo me acompañaba. Me acompañó por muchos años hasta que a mis 15 se tuvo que ir, con ayuda de un psiquiatra contratado por mis padres.

Esta es la historia de cómo casi treinta años después, Pogo regresó.

Un viernes después del trabajo, me encontraba en la puerta del bar fumando un cigarro, mientras mis colegas estaban adentro con la cuarta ronda de cervezas. Había llovido en la tarde, y la calle estaba repleta de charcos.

Justo mientras apagaba el cigarrillo presionándolo con la planta de mi zapato, un Cadillac negro que iba a toda velocidad impactó con un anciano indigente que cruzaba la calle. El cuerpo rodó casi hasta mis pies y el auto negro siguió su camino como si nada hubiera pasado.

Ahí estaba yo temblando, aún con la colilla entre los dedos. No me salían ni los gritos. Miré alrededor y nadie parecía inmutarse.

El charco de sangre comenzó a expandirse por el cuerpo del anciano como si el líquido quisiera consumir y apoderarse del asfalto de la calle. En la oscuridad de la calle, no se diferenciaba de todos esos charcos de lluvia. Mi boca solo soltaba gritos mudos.

El indigente tenía un rostro tranquilo, parecía estar dormido, pero con los ojos entreabiertos. Cogí el celular pero no sabía qué números marcar, y mucho menos qué palabras pronunciar.

Me agaché ligeramente para ver si el viejo seguía respirando, pero al hacerlo me detuve a ver mi propio rostro reflejado en el charco de sangre. Era mi rostro, pero distorsionado por el viento, parecía el rostro de un niño, era mi rostro de cuando tenía diez años.

  • ¿Lo reconoces? —se escuchó una voz viniendo del cuerpo— vaya  que solíamos pasarla bien ¿no es así, Pepito?

La boca del anciano seguía inmóvil, y no había nadie cerca. Mis pies estaban temblando, pero no podía dar un paso hacia ninguna dirección. Apenas podía mover mi cabeza, con mucho dolor en mi cuello.

  • ¿No me reconoces? Ha pasado mucho tiempo Pepe, parece que te ha ido muy bien desde ese entonces.

Claramente conocía esa voz, pero los nervios no me dejaban detenerme a recordarla. «Un momento» pensé, «Nadie me llama Pepe desde…».

  • Estas hiriendo mis sentimientos, Pepito. —interrumpió a voz.
  • Ph… Pho… —lo había reconocido, pero las palabras no me salían.
  • Sigue, tú puedes… —agregó la voz.
  • Ppp… Po… ¿go?
  • Finalmente.

Recordé estar amarrado en una silla frente una pantalla «Ya eres adulto, José Carlos». Recuerdo que me pusieron en una camilla, pegando cables en mi cabeza «Ese mono no existe» decían, «Todo está dentro de tu cabeza». Pusieron muchas píldoras en la boca «compórtate como los mayores, maldita sea» me cubrieron el rostro hasta que trague «acá no hay ningún maldito mono».

  • Acá no hay ningún mono, acá no hay ningún mono —repetía mientras apretaba los párpados— Acá no hay ningún maldito mono.
  • ¿Me extrañaste, Pepe? —Dijo la voz. — ¿Hace cuánto que no te permitías sentir miedo?
  • Tú… tú no estás aquí —respondí con resentimiento.
  • ¿Qué te hicieron esos doctores, Pepe?, solías ser un chico feliz, cobarde pero feliz. Creíste que me fui, pero en realidad estuve aquí todo este tiempo, esperando por la oportunidad perfecta para aparecer. Así que ahora escucha este chiste.

Intenté voltear hacia el bar para exclamar por ayuda, pero mi cuerpo estaba tieso como piedra. Mi cuerpo adquirió temperatura, y sentía el sudor frío cayendo entre mis ojos.

  • ¿Por qué el indigente cruzó la calle? —preguntó con una voz más aguda.
  • Ayuda… alguien… alguien… —mi voz sonaba apagada.
  • ¡¡¡Porque un cretino estaba apagando un cigarrillo a la mitad!!!

De pronto la mano del anciano tomó mi pie y empecé a tirar con todas mis fuerzas.

  • No tienes por qué temer, Pepe. Todo lo contrario. ¡Yo vengo a hacerte reir!

La calle se hacía más oscura.

  • ¡¡¡Ríe!!! ¡ja ja ja ja! ¡¡¡Ríe!!! ¡¡¡Ríe!!! ¡¡¡Por qué no estás riendo!!!

Se alcanzó a ver a lo lejos, un Cadillac Negro dirigiéndose a toda velocidad hacia mí.

  • ¡¡¡Jajajajajajajajajajajaja!!!

Finalmente pude respirar profundo, y después de una pausa larga, abrí los ojos, sentí un ardor en los dedos, el cigarrillo se había consumido completamente. La calle estaba vacía, no había cuerpo, no había nada.

Todo estaba bien, quizás hayan sido las cervezas, o quizás el cigarrillo estaba en mal estado, pero el miedo había desaparecido. La calle estaba muy activa, y no había forma que nadie se haya percatado si es que hubiese un accidente de tráfico. «Lo sabía» pensé.

De regreso en el bar con mis colegas, me senté en uno de los dos asientos vacíos y tomé un gran trago de cerveza.

  • Vaya que te tardaste, ¿cuántos cigarrillos te fumaste? —preguntó uno.
  • Sólo uno —respondí— pero me quedé a tomar un poco de aire fresco.
  • Jose Carlos, no sabes de lo que te perdiste.

El sonido del tráfico en la calle parecía intensificarse.

  • En serio, vomitarás de la risa.

Las luces comenzaron a fallar.

  • Tienes que escuchar este chiste que se le ocurrió a Hector.

Las puertas del bar se abrieron. Entró un enano muy peludo, colgó su abrigo y su sombrero. El animal  caminó confiado hacia nuestra mesa y se sentó a mi lado.

  • Yo tengo uno mejor. —dijo Pogo.

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