Prólogo de una conspiración galáctica

El siguiente texto fue escrito originalmente en inglés y es una práctica realizada para un taller de escritura creativa.


Después de una última pausa de mantenimiento, la nave despegó sin problemas. El objetivo estaba tan cerca de cumplirse, y ya no había tiempo de lamentos. Mientras los pilotos trazaban la trayectoria, el Rey se encontraba meditando en su cabina en compañía de su asistente.

En la última batalla en la que participó, una bomba química explotó cerca de su zona, matando a todos los que se encontraban cerca, menos a él. Los médicos pudieron contener los efectos de la bacteria por muchos meses, pero su cuerpo ya se había deteriorado demasiado, con suerte le quedaban 24 hora más de vida. Pero el místico planeta plateado estaba a tan sólo dos horas, y eso era suficiente.

Cuando era tan sólo un príncipe de diez años, había memorizado las coordenadas de un gran tesoro con poderes inimaginables, un tridente de diamantes yaciendo en un muy pequeño y escondido planeta de plata. Hoy con la guerra volcándose en su contra, era quizás la única esperanza para devolver la gloria a su planeta y salud a su cuerpo.

La nave aterrizó sin problemas en su último destino. El Rey acompañado de Bruno, su asistente, partieron rumbo al templo donde supuestamente se encontraba la reliquia, mientras los pilotos esperaban en la nave.

Después de una corta caminata, encontraron el edificio, donde los recibió un monje enano.

—Mi nombre es…—dijo el Rey.

—Sé quién eres, —interrumpió el monje— y también sé a lo que vienes.

El enano apuntó a un estante de madera ubicado a su derecha. El rey agotado pero entusiasmado se apresuró, abrió la puerta y tomó la reliquia que tanto había ansiado. El tridente se iluminó con el toque.

—Pero antes de usarlo debes saber una cosa, —dijo el monje muy calmado— una vez que levantes el tridente, podrás pedir un deseo y sólo uno.

El rey comenzó a sudar frío. Sin necesidad de cuestionar, sabía exactamente a lo que el monje se refería. Su vida o su planeta. Sólo uno.

—Aún hay muchas cosas que quiero hacer, pero sin un pueblo que me acompañe, no sirve de nada. —Dijo el rey asintiendo. —Nací para ser un buen rey y moriré como uno…

Tres disparos se escucharon. El rey quedó tendido en el suelo con vapor saliendo de su cuerpo y con los ojos en blanco.

—Un solo deseo dices… —dijo bruno limpiando el arma. El monje inexpresivo asintió con la cabeza.

Bruno tomó el tridente y lo alzó hacia los cielos, mientras una trastornada sonrisa se dibujaba en su rostro. Relámpagos cayeron alrededor del templo mientras el deseo era pedido.

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